Ojala pase algo que te borre de pronto

IMGP0120Ojalá venga algo de fuera -que no me necesite- y me arranque la necesidad, la dependencia, las expectativas, la esperanza, la ceguera… y el dolor y la tristeza y la decepción y el miedo que producen.

Ojalá venga la cordura, el autocuidado, la fortaleza, la valentía, el realismo, la perspectiva, el amor propio, la dignidad, el egoísmo y la mala hostia y te saquen de mí. Porque yo sola no puedo, y estoy cansada de intentarlo.

“Para no verte tanto, para no verte siempre, en todos los segundos, en todas las visiones…” ojalá desaparezcas de mis pensamientos desde el despertar, de los objetos cotidianos, de las calles, las fechas, las canciones, las fotos. Ojala pueda no verte, aunque no te vea.

“Ojala que tu nombre se le olvide a esta voz”. Ojalá que tu olor se le olvide a esta nariz, ojalá que tu cuerpo se le olvide a esta piel. Ojalá que tu voz se le olvide a este teléfono. Ojalá que tu risa se le olvide a mi humor…

“Ojala las paredes no retengan tu ruido de camino cansado”. Ojalá la cama emborrone tu hueco. Ojalá la toalla y la almohada pierdan tu olor. Ojalá que no te necesite siempre. Para contarte lo bueno, para acompañarme en lo malo, para compartir lo insignificante. Para involucrarte en todos mis proyectos interesantes.

“Ojala que el deseo se vaya tras de ti”. Ojalá que quiera que vengan otros deseos detrás de ti.

“Ojalá pase algo que te borre de pronto”. Y yo pueda recordarte como algo bueno, y quererte, igual, algún día, de otra manera. Pero ahora no puedo. Necesito que pase algo que te borre de pronto. Para no verte tanto, para verme yo siempre.

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A las putas nadie nos cuida (II)

IMGP0263Soy puta. Ya no vivo en el barrio de las putas, pero sigo vistiendo como las putas y follando con hombres -y alguna mujer- que no son mi marido, ni mi pareja, a veces ni les conozco siquiera. Y no les pido amor a cambio. Por no pedir, no pido ni cuidados.

Y un día me pongo enferma de una gripe cutre y me siento muy puta. Porque las señoras buenas tienen naranjas para hacer zumo, ibuprofenos para quitar el miedo, sábanas limpias para refrescar el lecho, termómetros nuevos para medir el deshielo, pijamas gordos para calentar el cuerpo… Y yo no tengo nada de eso. Tengo tónica, ginebra y hielos; orfidal, lorazepan y un porro suelto; un par de sábanas que trabajan a relevos, condones, lubricante y creo que hasta unos ligueros. Y eso no quita el dolor, ni la tos, ni el miedo.

Las señoras buenas tienen quien les haga el zumo, quien les calcule el tiempo para tomar los medicamentos, quien les ponga el termómetro, quien les acaricie el pelo… Yo tengo números a los que llamar, grupos de guatxap, amigas que vienen un rato que parece un hueco, amigos que llaman para ver si es cierto, y no me he muerto; llaves de repuesto, tupers de recuerdo, cuidados de estraperlo, que son los que te da quien quiere, sin que se los pidas, sin venir a cuento, sin que le toque, sin que vayas a devolverlos.

Así que, vale, soy puta, pero no es cierto. A las putas nos cuida cualquiera. Cualquiera nos hace un hueco, un tuper, una carantoña, nos da un remedio contra el miedo. Cualquiera nos quiere. Porque nosotras, a cualquiera, a falta de santos, legítimos, oficiales y eternos… queremos. Y porque nosotras no estamos más solas… lo que pasa es que nosotras, lo sabemos.

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A las putas nadie nos cuida

IMG_2330Soy puta. Vivo en el barrio de las putas, visto como las putas y follo con hombres -y alguna mujer- que no son mi marido, ni mi pareja, a veces ni les conozco siquiera. Y no les pido amor a cambio. A veces la gente me trata como a una puta. A veces no.

Pero un día (una noche) que llego tarde, sola y borracha como una puta, a mi casa en el barrio de las putas, un hombre me empuja contra la pared, me agarra del cuello, me arranca el bolso, me tira al suelo y se va corriendo. Y yo corro a buscar alguien que me cuide. Y la patrulla de la policía municipal que hay en todos los barrios de putas, me trata como a una puta. Me ignora, se burla, me deja claro de quién es la culpa. Y en la comisaria de la policía de verdad que hay en todos los barrios de putas me tratan como a una puta. Que es la única explicación que se les ocurre para que una mujer vaya sola, borracha y vestida como una puta por el barrio de las putas. Y entiendo que la policía no nos va a cuidar a las putas.

Por eso pido ayuda, tarde, borracha y vestida como una puta a ese amigo que tenemos todas las putas, que también vive en el barrio de las putas, que alguna vez fantaseó con sacarnos de puta y que alguna vez nos hizo fantasear con salirnos de puta. Y él me cuida y me seca las lágrimas, y me anula las tarjetas y me aguanta las quejas y me consigue un cigarro. Y me acompaña a mi casa, en el barrio de las putas.

Y, al día siguiente, todas esas otras putas, las que ya saben que nadie cuida a las putas, aparecen en casa. Llaman, me hacen reír, se preocupan por mí, me escuchan el cuento, me dan abrazos, me mandan besos, me fríen huevos, dejan sus planes y se quedan conmigo para que no pase miedo.

Y, pasado el susto, la rabia, el miedo, el cabreo… entonces lo entiendo. Las unas a las otras, eso es lo único que tenemos. Por eso es tan importante que -entre putas- nos cuidemos.

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No follo con quien quiero

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Separar el sexo del amor no es una cuestión moral, es un asunto de supervivencia.

Querer es cuidar, escuchar, recordar cumpleaños, olvidar agravios, contar bobadas, interesarse por tonterías, llamar a deshoras, escribir frases de sobra, prestar, pedir, ofrecer, recibir… Y no se puede follar con toda la gente con la que se tiene eso.

Y sería una pena tenerlo sólo con la gente con la que se folla…

Eso no parece difícil. En esta posmodernidad individualizada y disfuncional, quien no tiene gente con la que comparta eso, se muere. Al menos de pena. Quien no tenga familias inventadas a golpe de intercambiar cenas, farras, problemas y mudanzas, no tiene nada.

Yo quiero a mucha gente. Y muchas de esas personas me quieren a mí. Con algunas no he follado nunca, y -con otras- ni siquiera lo tengo previsto. Porque hace tiempo que no follo con quien quiero.

Porque con quien yo quiero follar no quiere hacerlo conmigo, o porque con quien quiero hacerlo, no le quiero. O porque hay gente que quiere, y yo no me entero. O porque a veces no sé lo que quiero. O sí quiero, pero sin querer. Y me intento permitir cuidar el amor lo suficiente como para no mezclarlo con el sexo, pero no siempre me dejo.

Porque me han contagiado ese anhelo, el de querer querer a quien deseo. Y me hago un lío preguntandome si deseo a quien quiero, y si querer es ponerle expectativas al deseo… Y empiezo a darme cuenta de cuánto me pierdo… me pierdo un poco saber querer sin deseo… pero, sobre todo, me pierdo desear sin anhelos.

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Saber perder

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Ya sé que es el título de una novela de David Trueba… pero él tampoco murió de originalidad…

La cosa es que parece que es lo único que he aprendido con los años. A perder.

Juegos de llaves, calcetines, nivel adquisitivo, citas en el médico, aviones, memoria, fotos, los papeles… los papeles de verdad, los de papel…

He perdido el contacto con gente querida, la costumbre de querer por contacto, las agendas, las tarjetas, los discos, los guantes, los dueños de los números de las agendas, de los nombres de las tarjetas, de los discos y de los guantes…

Y, perdiendo, he aprendido a perder hasta cuando no es sin querer.

He perdido a novios que me querían tanto que me aburrían, a otros que me querían tan poco que se aburrieron de mí, a otros que me querían tan mal que nunca nos aburrimos, a amantes pasajeros que lo fueron tanto que parecieron pasantes, a mujeres que me ofrecieron un viaje a Lesbos, que acepté cuando ya era demasiado tarde, a hombres que querían pasar, o amar, pero que se me perdieron antes…

He perdido las ganas de que fuera para siempre, la fe en que durara hasta el día siguiente, la fe en tener ganas, las ganas de ser creyente…

Lo he perdido todo. He perdido tanto, que he dejado de llamar a objetos perdidos.

Ya tienen mi número…

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Tenerla pequeña

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Mujer sin casa arreglando su portatil (Apple Center, New York 2011)

Me acerco a los cuarenta y acabo de mudarme a una casa de cuarenta metros. Sola.

Si mi vida fuera una progresión, como me han enseñado, para los ochenta viviría en una casa de ochenta metros. Pero mi vida empieza a parecerse a una involución. Cada vez vivo en una casa más pequeña, y con menos gente. Y con más incertidumbre.

A este paso, a los ochenta, viviré en una caja de cartón en medio de un páramo. Rodeada sólo de incertidumbres.

Y yo me esfuerzo en pensar que eso no es malo. Que no tener una casa en propiedad, un trabajo asegurado, dinero ahorrado, pareja estable, descendencia, ni un triste coche de segunda mano, no es un fracaso. Me esfuerzo en olvidar que los anuncios de bancos, de zumos, de seguros, de ikea, no están hechos para gente como yo. A veces, si estoy de buen humor, me alegro de que los anuncios de bancos, de zumos, de seguros, de ikea, no estén hechos para gente como yo.

Pero otras veces me entran unas ganas locas de salir en los anuncios. De tener los dientes blancos, un hombre al lado al que le sienten bien las canas, una parejita de criaturas sanas y sonrientes en el regazo, una casa enorme con ventanas por las que entre el sol, y la pinta de que no me va a pasar nunca nada malo.

Y otras veces me enamoro de la incertidumbre. Y la veo como la versión en placebo cutre de la esperanza. Y me imagino que todavía quedan muchas casas en las que vivir, muchas personas a las que creer querer, mucho dinero que no ahorrar, muchas cosas malas de las que escapar.

Y otros días, cuando estoy extrañamente lúcida, me doy cuenta de que la incertidumbre es la única cosa segura que tengo. Y que, como otras cosas en mi vida, cada vez es más pequeña.

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